El 16 de agosto fue San Roque.
De mí infancia recuerdo que mamá nos enseñó el dicho que
dice:
San Roque, San Roque, que este
perro no me mire ni me toque.
Años después supe que San Roque era el Patrono de los
perros. En la Iglesia de Tilcara hay un altar con su imagen y la celebración
del 16 de agosto, como tantas otras fechas en la Quebrada de Humahuaca, tiene
su particularidad. La gente va a la Iglesia con su perro, pone sus velitas para
la imagen de San Roque y adorna los cuellos de sus mascotas con collares hechos
a manos con retazos de tela.
A mí se me había pasado por completo la fecha, pero no a los
chicos, así que agarré mi bolsa de restos de tela y me puse manos a la obra.
Chachan! Señoras y señores, con ustedes, Tizi y Negri:
Son madre e hija. Tizi era de un vecino que no la cuidaba,
entonces decidió cambiar de dueños y nos adoptó como su familia. Con ella
descubrí el maravilloso mundo de la vida canina. Lo más difícil fue acompañarla
cada vez que paría. Me obligó a vencer la aprehensión y la impresión que me
daba verla pujar y pujar y pujar y ver salir esos monstruitos húmedos, pequeños
y pegajosos. Y ni hablar de la vez que encontré a unas de sus crías muerta.
Siempre le gustó parir entre mis plantas. Cuando ella se
alejaba del lugar, me escurría para trasladar los cachorros a un lugar más
protegido, abrigado y cómodo (según mi parecer humano), y Tizi en 5 minutos volvía a llevar a
todos sus hijos a su agujero de tierra en medio de la huerta. Tuve que aprender
a dejarla mandar en determinadas situaciones y reconocer que a veces su
instinto perruno tiene mucho de sabiduría.
En total tuvo cría 3 veces. Y cada una de ellas fue una
verdadera revolución familiar. Veíamos que coman todos, que se prendan a mamar
y cuando ya no había leche les dábamos nosotros de comer. Un día habrían los ojitos, otro día
caminaban, después pasaban de la leche a la sopa y de repente empezaban a
mordisquear todo lo que tenían a su alcance: medias, zapatos, bombachas…
Tuve que aprender a dejar ir a los perritos, con los
que me encariñaba mucho. Y así vi partir a todos y todas. Matías, que ya no quería más animales, enseguida los repartía por el pueblo. Pero no todos se fueron, hubo una bola negra de pelos que me robó el
corazón y me ingenié para que se quedará en casa.
No son de raza, comen cualquier cosa, cuidan la casa,
acompañan a los chicos cuando van a la plaza del barrio o hacer compras, salen
al camino cuando sienten que estamos llegando y celebran moviendo la cola cada
caricia, mirada o palabra.
Son parte de nuestra familia.








